lunes, 31 de enero de 2011

Hablo solo


Me pregunto dónde estás ahora mismo.
Mis ojos me dicen que no estás,
pero siempre me queda un hilo de duda,
una puerta abierta a la posibilidad
de que andes en algún lugar ignorándolo todo,
quizá como una fuente de energía
esperando su momento perfecto para brotar,
para explotar y conquistar
mundos de otros -también el mío-
con sólo mirar a los ojos y luego pestañear.

Una sonrisa tuya asolará los peores días
y habitarás con tu frágil ingenuidad
baldosas azules que te conocerán a gatas.
Para ti volverá mi niño interior
a jugar contigo, a cantar, a ser payaso
con el único e impagable sueldo de tu risa.
Andalucía, generosa, te va a hospedar
si al final vienes -un día seguro que vendrás-.
Conocerás el otoño en tus propios ojos:
el verde que en el espejo descubrirás
cuando entiendas que la luz lo crea todo
-y todo lo hace mortal-.

Cuando empieces a garabatear
la casa, los abuelos, un manzano de frutos rojos,
el sol regalándose al mar de olivos, el río
y tú de la mano de papá y mamá,
te llevaremos a aprender los colores
en el cielo de las tardes de Málaga
para que te enseñen a pintar
y a sentir,
y volaremos cometas juntos.

Anticipadamente perdona por querer mostrarte tanto,
disculpa las veces que me voy a equivocar.
Fíjate qué tonto, que voy hablando solo
sin saber siquiera si estás
en algún lugar riéndote y riéndote
en el limbo del amor
esperando tu turno mientras yo miro al mar
y pienso que te voy a querer tanto
que me vas a hacer inmortal.
:)
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martes, 25 de enero de 2011

Como soplar una vela


Era una tarde del primer mes del año diez del siglo veintiuno y Patri me animó y me ayudó a acometer un acto sencillo de creación. Con unas cuantas teclas pulsadas y un puñado de clics apareció en la barra de direcciones el texto "azucaryceniza.blogspot.com", guardando el nombre de un anterior espacio personal más privado, para conocidos, cuyo último poema fue el autor del golpe mortal, un poema a la postre especial que aquí aún no ha aparecido, a pesar de ser un poco el germen de este pequeño rincón, que era, un día como hoy hace un año, una casa vacía, unas paredes viejas sin pintar, una fuente con agua por brotar, una habitación de mudanza, una ventana antigua filtrando la luz serena del tiempo que se va y de lo inesperado que viene.


Y la misma tarde pero de enero de 2011, redacto estas líneas y es como soplar una vela, miro el archivo y me quedo sorprendido de cuánto tiempo he pasado aquí estos doce meses, de cómo hemos ido amueblando esta casa, dándole color y escribo asombrado de lo chica que es esta habitación, de lo pequeño del rincón, pero contento de que haya resultado acogedor para tantas personas interesantes a las que leer, que me leen y con las que comunicarme, de las que aprender, con las que disfrutar del amor por juntar letras, ordenar palabras y sentir, mil cosas, pero sentir.


Sentir.
Sentir.
Siento... ilusión.
Siento... gratitud.
Por eso: GRACIAS.
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martes, 18 de enero de 2011

Incendiados



Quiero desaprenderme
y olvidarme que soy
alguien distinto de ti,
otro ser, otro cuerpo.
Y quiero que te deshagas,
que te tornes aceite
y enciendas cada noche mis sábanas
como candil antiguo,
que le prendas fuego a la medianoche,
vestal de mi templo,
y que me consumas contigo
y durar una vida ardiendo
en la misma lumbre
hasta ser -un día lejano,
un amanecer nuevo-
tú y yo
la misma ceniza
sobre la hierba.
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lunes, 17 de enero de 2011

Por su cauce


La vida que discurre seca


y gris se crece


como los ríos de nieve


en primavera.
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miércoles, 12 de enero de 2011

Las tardes absurdas


Se me hacen las tardes
absurdas sin ti
y me digo:
"¿Por qué valen menos
los segundos de este tiempo
que se pierde como bruma?
¿Por qué valen menos
si siguen siendo tiempo
que corre en el mismo reloj
de la mano que coges
cuando tú y yo queremos
que los minutos no huyan?"

Se me hacen las tardes
absurdas sin ti
y me digo:
"¿Para qué quieres el viento
suspirando en el horizonte?
¿Para qué la brisa cálida
rizando a soplos las olas?
¿Para qué te valen las luces
de atardeceres de ensueño,
el sol muriendo sobre las barcas,
las nubes multicolores
haciendo sus mágicas cabriolas?"

Se me hacen las tardes
absurdas sin ti
y me digo:
"No pasa nada,
no eres un egoísta,
disfruta de las vistas,
llámala desde la terraza,
ponte a escribir poemas,
que le tiemble el pulso porque la piensas".
Pero me desinflo al recordar
un verano entero nuestro y me digo:
"Imbécil, ¿de qué te vale el mar?"
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viernes, 7 de enero de 2011

Silbos urbanos

Traigo en mi piel una lista
de deberes por hacer,
de imágenes concebidas
aún por pintar.
Porto conmigo fantasmas
que vienen de fábrica
e impregna mi pelo
un zigzag de humo
de cigarros que nunca fumó mi boca.
Pero silbo tu nombre al doblar
cada esquina,
cada chaflán
de las calles que agonizan
y me logro atrever con el mañana,
quiero decir,
que me transporta -un poco- su melodía
todavía por venir,
que todo cambia.
Y brindo alegremente
con mi sombra íngrima
por su despedida,
con el hosco fantasma
que ya no me habita.
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viernes, 31 de diciembre de 2010

Nochevieja

Y a medianoche morderemos la uva
y estallará en las dos bocas
su jugo,
que tragaremos como al pasado,
y su sabor,
que nos prolongará al futuro,
como el perfume de una vela
que aún no ha ardido.
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¡Feliz 2011!
:-)

martes, 28 de diciembre de 2010

Yo lo vi

Yo lo vi. Muchos que también iban no lo vieron. Pero pronto lo verán. Otros no lo buscaron porque no quisieron, pero un día se lo encontrarán, aunque no se lo crean. A otros que iban a verle se les perdió entre tantos brillos, debajo de cualquier precio, tapado por retales de papel de regalo. Pero a la vista está de todos los ojos, verdes, marrones y azules. Yo lo vi. Su padre lo tenía acunado en los brazos, y lo mecía rápido, para que se riera. Y él se reía sin parar, a carcajadas, esas frescas carcajadas con las que irradian alegría los que llevan pocos días en el mundo, esas carcajadas que cuando las oyes no quieres que terminen nunca. Por eso me acerqué. Sus risas parecían notas musicales magnéticas que atraían como sin poder evitarlo, como si la voluntad se le rindiera. Su madre, le hacía cucamonas y lo miraba con tanta dulzura... y luego alzaba los ojos para mirar con complicidad al padre, a cuya cintura se abrazaba. Él entonces apartaba la mirada del pequeño y buscaba la de ella, y ambos coincidían en sus gestos, moviéndose con graciosa simetría. En esos momentos el niño les miraba amorosamente a los dos, aunque ellos no se daban cuenta. Él tenía la vida en su mirada y una promesa en sus labios. Yo lo vi, y para verlo, tuve que cerrar un poco los ojos y abrir el corazón. En medio de la luz blanca estaba él. Me sonrió. Le sonreí. Yo lo vi y sé que él también me vio.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Verdaderamente

Cuando en Amor decimos nunca,
casi siempre queremos decir después.
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lunes, 20 de diciembre de 2010

El aguilando

Las puertas de la casa de la tita se abrían y poquito a poco iban llegando los miembros de la familia, como el agua que, gota a gota, moja la tierra y hace vivir al olivo, para que no se seque. Así volvía cada año la Nochebuena de toda la vida, a las nueve de la noche, cuando las paredes de los tres cerros dejaban de devolver al pueblo los metálicos ecos de las panderetas, compañeras imprescindibles en nuestra tarde de villancicos. Para los niños en realidad la Nochebuena empezaba antes, cuando las mamás nos arreglaban para ir con los demás primos a cantar puerta por puerta el Ande, ande, ande..., que cuando nos daba por variar se convertía ni más ni menos que en Campana sobre campana... Todo un clásico del pueblo.

Veíamos el portal de Belén que ponían en la plaza -ahora cada vez más cutre- y alguno pisaba la paja para coger un caramelo. Nos poníamos nerviosos por si nos veían los municipales; creo que intuíamos que eso era robar... Dábamos muchas vueltas por el pueblo, porque éramos bastantes y había que sacar más monedas para tener más que repartir. Pero no éramos nada tontos: había casas en el camino marcadas con rojo, pues sabíamos que a las de los más conocidos no podíamos faltar, porque nos soltarían más. Está claro: un trabajo perfectamente planificado, en equipo, y que suponía compartir para poder repartir. Todos contentos. Es verdad que no todo era dinero. A cualquiera nos gustaba que nos trataran bien, y por eso cuando dábamos con un vejete cascarrabias, al echarnos podía ser que golpeáramos su puerta para darle la lata o le pulverizáramos espuma blanca en la ventana; era el castigo de los insensibles. También es cierto que no nos gustaba mucho que nos dieran polvorones -con el frío que hacía, tú cantando, golpeándote la mano con una pandereta de plástico duro, ¿y todo para atragantarte con un polvorón? ¡pues sí hombre!- pero eso era distinto, porque la mujer que llevaba la bandeja te los ofrecía con toda la amabilidad del mundo, y eso se agradecía.

Cualquiera que lea hasta aquí podría correr el riesgo de pensar que éramos bastante materialistas, pero no hay que extrañarse, nos estábamos haciendo: todo lo explica la edad. En realidad éramos solamente niños, y quizá por eso distinguíamos llanamente lo que queríamos de lo que no nos gustaba. A veces los mayores no lo hacen. Los mayores a menudo olvidan que una vez fueron pequeños, como decía el Principito. Después, cerca de la hora de la cena, sólo nos quedaba ir a la tienda del tío Alfonso, para volcar en el mostrador de madera oscura y fuerte -como los de antes- todas las monedillas, que la tía Manuela, haciendo torres de monedas, nos ayudaba a contar y a repartir. Fuera como fuera, eran especiales las horas de pedir el aguilando, por lo de juntarse, por lo de cantar, por lo de reírse, por lo que la gente nos ofrecía, por las sonrisas que las personas nos daban y las risas nuestras, las de las travesuras, las de las anécdotas. Quizá el aguilando era el principio de la Navidad para los niños, porque ellos saben siempre lo que se celebra, captan el sentido de los momentos: por eso están alegres.

Yo a veces lo recuerdo, y me acuerdo de otras muchas cosas, y no sé si me excedo en tanto recordar... Eso sí, me pone alegre, lo hago y disfruto. Por eso veo con tristeza cuando las personas no pueden recordar, y sé que a ti también te pasa, ¿verdad? Todos tenemos alguien más o menos cerca... Bien pensado el recuerdo es un instrumento de alegría: en ausencia de la felicidad, siempre podemos recordar momentos felices. Se ve en el abuelo. La memoria es el sustento del buen porvenir, del futuro feliz. Lo digo yo. Por ahí dicen -con razón en cierto sentido- que la vida es el futuro, lo que está por hacer. Pero extrañamente servirá lo que está por hacer si luego no se tiene la dicha de poderlo recordar. Lo que se olvida, está pero se pierde. Los olvidados se desvanecen. Quienes olvidan... ¿sabes tú qué sienten?
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A todas las personas a las que la edad les roba a diario la memoria en una enfermedad
y a todos aquellos que no quieren recordar lo especial ignorando que un día, quizá, no podrán.
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