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jueves, 21 de marzo de 2024

Mi teoría de cuerdas

 No compraré ese billete

y no esperaré el viaje 

como cuando el calendario 

nos acerca a un nuevo país,

una nueva ciudad,

un nuevo paisaje,

un nuevo reencuentro.

No miraré el reloj

para que giren rápido

las manecillas lentas.

No me apuntaré,

como decía mi abuelo 

casi a los cien, 

que tengo muchas cosas pendientes.

Pero si cruzo el portal

-si me llevan, quiero decir-,

con la misma fuerza que os quiero

cada día que redescubro el sentido de todo

en vuestros transparentes ojos de luz,

en vuestra voz musical, 

en vuestro dulce asombro del mundo,

en suma, con toda la energía

que sea o haya o logre reunir 

exploraré las ignotas dimensiones,

buscaré los cauces del universo 

y vibraré todas las cuerdas

para que una brisa cálida y muda

acaricie vuestras mejillas,

os envuelva en un abrazo lento,

os estampe mi párvulo beso

y os susurre al corazón

palabras fugaces como flores de cerezos:

"disfruta",

"hija",

"adelante",

"te sigo queriendo",

"mi amor".





sábado, 26 de agosto de 2023

Nadando con peces

 Quizá algún día

-lejano, espero,

triste, entrañable-

yo te pregunte quién eres.

Entonces, 

si ese día te acuerdas de estos versos,

recuérdame esta tarde en el mar con vosotras.

Tú me dirás: 

-Soy Marina.

Yo trataré de creerte

-no sé si eso se logra-

y verás mi gesto como buscándote

en algún pequeño cajón de la memoria 

que igual no exista ya.

Tú añadirás:

-Soy Marina, papá. Soy tu hija.

Y, en ese momento, 

prométeme que me contarás 

la tarde en La Rijana

cuando buceamos y nadamos 

entre miles de peces variopintos 

juntos tú y yo

libres

explorando y asombrándonos

del fondo del mar multicolor,

y cuando te dije que sería 

un valioso recuerdo nuestro.

Será increíble si al fin te reconozco,

pero, si no es así, 

abrázame por ese recuerdo 

como al salir del agua te abracé,

y en un buen rato 

no te separes de mí

para que mi cabeza nueva

conecte con mi corazón viejo

y vuelva a sonreír.


lunes, 18 de abril de 2011

Él lo llama "espera"

Lo llaman espera, pero es la gota china cayendo sobre su frente a intervalos malditos de cinco segundos en una percusión física fija que se hace más que nada psicológica cuando la repetición constante se adueña del tiempo y la mente al sentir la invariabilidad del golpeo y la imposibilidad de evitarlo -inmovilizado está el hombre-, de desasirse y de huir hacia el sol.


Él lo llama espera también, porque deslindó la amistad y encontró amor más allá de ella, un amor en la boca pero sin beso, un amor en las manos pero sin pecho, un amor en el alma pero sin cuerpo, un amor hacia una amada que comparte almohada con quien ya no comparte sus sueños y, pese a ello, no evita que ese amor elevado siga siendo incompleto.


Él lo llama espera, porque cree que va a venir, porque es consciente de que ya le descubrió sus cartas, de manera que esa mujer ya no ignora el canto de los jilgueros que explota con cada uno de sus milimetrados gestos, detalles o palabras, como si de la directora de una orquesta se tratara y sostuviera en su mano la batuta que marca el compás de esta pieza de la historia.


Él lo llama espera, porque él, más joven y lozano, recorrió ya su sendero por el tupido bosque y aguarda junto a la cascada, sentado, a que ella, más madura, guíe sus pasos hacia allí persiguiendo el fragor del agua que cae para avanzar, que se rompe para vivir, que salta al vacío para volar, que no permite que nada obstaculice su anhelado destino de mar.


Él lo llama espera, porque mira el reloj y piensa en ella, porque le manda mensajes al móvil, emails, llamadas perdidas y es incapaz de olvidarse del teléfono por si llega alguna respuesta que le dé color a una tarde mustia, a una mañana turbia y sea además señal clara de que ya está en camino, de que las agujas le acercan a su amada como Céfiro empujó a Venus hacia la orilla.


Él lo llama espera, pero en realidad desespera, porque arranca meses y meses del calendario y nada cambia, porque no hay viento que levante las hojas, porque ella sigue inmóvil, porque no le valen ya las caricias en la cara ni las solas conversaciones mágicas, porque ella no reacciona ante los signos que él le envía, porque ya no son suficientes las palabras, porque no entiende cómo ella, inteligente, sigue alimentando una vida falsa con un marido que no la toca desde hace años, que no la ama, porque no le convence la posible excusa de la corta edad de su niña, porque piensa que cuando se ama de verdad se caen a chorros los besos, se desquicia el cuerpo -sus impulsos-, se descontrola el tacto y no se puede frenar el deseo, la pasión de dos cuerpos en los que habitan almas verdaderamente enlazadas.


Él lo llama espera, pero se miente a sí mismo cuando se recuerda su promesa de esperarla el tiempo que fuera necesario, porque en el fondo conoce cómo mengua a diario la esperanza a fuerza de incertidumbres: ¿No se da cuenta de que le devolverá la alegría, de que la va a hacer feliz para toda su vida? ¿Será que no siente ella lo mismo? ¿Por qué lo quiere mantener cerca entonces? ¿Será verdad que a todos nos gusta tener alguien que nos regale el oído, que nos haga agradable la vida sin que nos suponga ningún compromiso? ¿Se ha convertido en una simple vía de escape a su cotidianeidad? ¿Estará jugando con él? ¿O es él la única persona que mantiene tenso el hilo que la une a la felicidad que soñaba de pequeña? ¿A qué vienen entonces sus ausencias prolongadas? ¿Qué significan las apariciones repentinas mostrándole todo su interés por él? ¿Qué quiere de él? Y lo peor de todo: si él la está esperando, ¿piensa ella ir?


Él lo llama espera, pero sabe que no es sano pensar tanto, cuestionarse tanto, y desearía con todas sus fuerzas que ella le ayudara, que le aclarara algo. Mas él no se atreve a preguntarle nada, a pesar de su entrañable complicidad y confianza, porque piensa que puede acabar perdiendo aquella primigenia amistad bajo la cual se oculta todo este universo suyo. El tiempo huye, y le duele visualizar de reojo, por un camino u otro, el fin.


Él lo llama espera, pero la vida se va esfumando, los momentos que pudieron venir ya no vienen iguales nunca, la edad no perdona, los trenes llegan, paran y se marchan, y él se ha propuesto no esperar otro barco sino el de ella, pero no sabe si acudirá en pos de un amor completo o si se quedará varado en el muelle en nombre de una amistad insuficiente. Y cuando se sincera te cuenta que él desearía ser un Paris raptando a Helena, pero ya no sabe si acabará siendo una Penélope esperando entre telares o un Ulises perdido en su odisea. Toda la Historia cabe en su historia.


Aun así, él lo llama espera, pero conoce que el efecto de la gota china es la locura tras no poder dormir por el tormento ni beber, cuando tanta sed ataca, de ésa agua de vida que gota a gota le martillea la cabeza. Y conoce que, pasados los días, llega un momento en que el corazón


se


para.
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sábado, 26 de febrero de 2011

Una cajita con muñecos dentro


Eran las doce de la noche y tenía los ojos enrojecidos, pero ya secos. Su cara era una flor triste, un poema machadiano en ese instante en el que ya había entregado todas sus lágrimas y todos sus porqués sin respuesta después de días y días. El espejo le recordaba que ya no podía volver atrás, no. Ya no podía ser todo como en aquella niñez preñada de juegos y travesuras en la calle, aquella niñez yerma de auténticas preocupaciones. Y al parpadear su llanto frente al espejo había recordado las tardes que su madre se sentaba en la mecedora de madera y se ponía a leer sus novelas de padres mientras él en el sofá empezaba un nuevo libro de la serie de "Mi hermana Clara y yo", o las noches en que el abuelo jugaba a Peter Pan con él y sus primos, que abandonaban el brasero para hacerse espadas transparentes agarradas por las empuñaduras de aire y dejarse la piel cada uno en su papel. Efectivamente, el tic-tac del reloj había movido el tiempo adelante, no sólo los segundos, minutos y horas sino, arrastrados por ellos, como en un engranaje mastodóntico, también los días, semanas, meses y años. Y ahora no tenía 7 años. No los volvería a tener jamás. Es verdad que Jorge había perdido en ese transcurrir de la vida gran parte de su propio niño y que a cambio había ganado gran parte del adulto que un día -quizá- debía suplantarle definitivamente. Pero después de aquellos malos días que había ido sobrellevando gracias a lo que su madurez le dictaba, tuvo la feliz idea de desempolvar el niño que siempre fue, y que seguía dentro esperando la ocasión para asomarse a la oscuridad de su propia historia, gritando para reclamar atención y volver a escena para poder así traer la espontaneidad, la ingenuidad y la despreocupación que gobernaban, junto a la alegría, las aventuras de su infancia. Y descubrió que, a veces, esas cualidades infantiles, traídas a su edad actual, surten un efecto mágico, como el de los remedios que la sabiduría de los chamanes americanos podía esconder.


Los chamanes americanos. América. Guatemala. Sí. En este punto Jorge evocó el momento en que su padre volvió de un viaje a Guatemala. Le pareció oír el sonido del timbre, verse corriendo hacia la puerta, abalanzándose sobre su papá mientras a éste solo le daba tiempo a soltar su maleta antes de ver caer el manojo de bolsas que traía en la otra mano. Recordó cómo estaba de feliz su mamá cuando el se giró buscándola y la encontró bajo el dintel de la puerta, esperando su turno. Papá había traído algunos recuerdos del viaje: una camiseta para él mismo, un vestido muy colorido para mamá, un mantel de artesanía guatemalteca para la mesa grande del salón y el regalo del niño. Era algo muy muy pequeño. Una cajita con muñecos dentro.
En ese instante de la noche, la luna hería de plata el cabecero y los pies de la cama y una brisa fresca y pura abrazaba todo el dormitorio. Jorge fue hacia su mesita de noche. Sacó del compartimento inferior la bolsa donde guardaba su colección de llaveros, unos cuantos cochecillos viejos que estaban desordenados, un par de libros de Jorge Bucay y la libreta donde escribía él mismo. Y en el fondo estaba aún, tan pequeña y tan poquita cosa que ni el tiempo la encontró para corromperla. En esa cajita sólo el polvo disminuía el amarillo predominante y los signos en verde y rojo que la decoraban. Recordó las palabras de su padre cuando se la dio y la abrió por primera vez sin entender muy bien para qué valía. Pero al fin, el niño que fue emergió y se adueñó de todo. Y así fue tan ingenuo, tan feliz, tan despreocupado y tan espontáneo que se fue a la cama con la cajita amarilla e hizo lo que le contó su padre que hacían los niños en Guatemala antes de acostarse: abrir la caja, mirar uno a uno los muñequitos, contarle a ellos sus problemas y ponerlo todo debajo de la almohada. Se quedó dormido pasada la una de la madrugada y su noche fue más tranquila que las anteriores. Al despertar, saltó de la cama con una ligereza inusual. Se sentía bien, ya lo creo. Más despejado, más sereno. Pensó en sus problemas y le pareció que no estaban ahí esperándole y atosigándole como todos esos días. Miró bajo la almohada y la cajita permanecía en el mismo lugar. Se rió pensando que su padre le había contado al dársela que si se las cuentas, los muñecos quitapenas se llevan tus preocupaciones y así te permiten dormir plácidamente. El adulto que ya estaba empezando a ser pensó que era solamente un cuento para niños. Pero el niño que nunca en verdad dejó de ser no paraba de reír y, en silencio, al mirar a los muñequitos, gritaba: ¡Biennnnn!

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martes, 20 de abril de 2010

El niño indio y las tormentas

El pequeño niño indio sabía ya escuchar a los mayores. En su tribu todos los niños jugaban a juegos bárbaros y él debía también hacerlo, sabía que formaban parte de su crecimiento y aceptaba, pero realmente disfrutaba cuando callaba junto a los sabios, cuando éstos conversaban y contaban sus historias en ceremonias ancestrales. Aquellos relatos le cautivaban y los escuchaba sentado, apoyando su cara sobre sus manos, y sus codos sobre sus piernas cruzadas. Así -como le había enseñado padre- sentía el latir de la Madre Tierra, que parecía empujar hacia las bocas de los mayores el aliento necesario para pronunciar todas las palabras. Ese misticismo le hacía estar seguro de que eran verdad cada una de ellas y por eso adoraba atender a todas esas cosas que, sin embargo, él no podía ver con los ojos.

Una tarde se oscurecieron las nubes y el cielo se pintó de un color rojo. El niño indio se asustó por no haber visto antes esa luz. A sus siete años estaba presenciando solo la primera gran tormenta de su vida sobre la tierra árida de las montañas en que había nacido. Su cara de miedo se convirtió en manantial de lágrimas cuando vio luces fugaces inundando el cielo rojo y oyó los truenos que el eco multiplicaba a su alrededor. Aterrorizado, cerró los ojos fuerte y, en apenas treinta segundos, el agua le caló su única pluma del pelo. Entonces sintió un abrazo fuerte que le levantaba de la tierra. De entre los sabios, su abuelo le acababa de apartar de la lluvia, librándolo del peligro de los rayos que, al abrigo de la roca, a salvo, vio caer sobre los árboles que él había visto crecer. Su abuelo le enseñó ese día a comprender los signos celestes y la manera secreta en que sus antepasados llegaban a dominar y ahuyentar las tormentas. Él lo escuchó fascinado, como siempre. Y aprendió.

Por eso, en estas noches de tormenta, el joven indio mira al cielo para leer en él, se deja mojar por los primeros segundos de la violenta lluvia y busca cobijo en la Madre Tierra, que siempre le ofrece abrigo junto a las rocas o en cuevas. Y cuando está a salvo baila sobre sus propias huellas, recordando a sus hermanos árboles a los que el rayo partió y a la vez dando gracias al sol por no haber sido alcanzado él. Y cuando más intensos se hacen los relámpagos y más sonoros los truenos, el joven indio enciende una hoguera, prende con ella una ramita y la alza hacia las nubes. Y entonces se acuerda de los sabios, de su abuelo, y ejecuta la parte final del ritual. Cuando enciende esa luz, canta.
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