Cosas así y muchas más suceden en la vida de los humanos cuando es larga, pero él, que nació un lunes, sabía que lo verdaderamente importante no está en los libros de la gran historia, que ninguna universidad enseñará sobre dar los buenos días con una sonrisa por la calle o los beneficios de salir con un chiste espontáneo de risa anticipada, que ninguna cátedra estará basada en lo que un buen padre o abuelo hace y siente sin que se vea mientras tú calientas tus manos en la lumbre u observas los gorriones iniciar su vuelo. Sabía que ningún poeta podrá explicar lo que sintió con el nacimiento de sus hijas, ni la devoción a sus nietos o el tacto de sus viejas manos arrugadas tocando la fina y suave piel rosada de Guille o Marina en sus brazos. Sabía que de una vida así uno nunca se muere del todo.
Luchó lo que le tocó, pero no llegó a gobernador. Recitó lo que recordaba, y lo que no, se lo inventaba. Corrió en los cuarteles, y ganaba, pero no llegó a olímpico. Puso pasión siempre en lo suyo, aunque no le alcanzó para ningún Nobel del agro. Pero, hoy que es centenario sin cumplir el siglo, me permito la épica de sus recuerdos de soldado y pienso que consiguió la curvatura del espacio-tiempo, por la cual todos aquí abajo gravitamos en torno a él, con todas nuestras estaciones, y celebramos con melancolía y alegría nuestra particular nochevieja. Mañana será año nuevo y portamos con nosotros sus inmateriales ingredientes. De una vida así, uno nunca se muere del todo. Y se vive en otros después.

