Tiritaba el mes de enero
del año dos mil veintiuno,
un día dos muy oportuno
para nacer un lucero.
Tu ternura yo la quiero
hasta que cruce la meta,
privilegiado poeta
de tus puras carcajadas
y tus intensas miradas,
ultraamor ultraVioleta.
Tiritaba el mes de enero
del año dos mil veintiuno,
un día dos muy oportuno
para nacer un lucero.
Tu ternura yo la quiero
hasta que cruce la meta,
privilegiado poeta
de tus puras carcajadas
y tus intensas miradas,
ultraamor ultraVioleta.
No están en flor los castaños
pero Perséfone vino
a engalanar el camino,
pasar y volver los años.
Hay sentimientos extraños:
la ternura de repente
al caer tu primer diente
y ese haz de ansiedad loca
por deshojarse tu boca
al besar tu pueril frente.
Del otro lado del charco
vino a alegrarnos la vida
el cacao hecho bebida,
¡qué divino desembarco!
Navegó de barco en barco,
colonizó continentes,
mutó en bombones crujientes
y adoptó hasta forma esférica
para hacer de nuevo a América
nexo de mundos confluentes.
Sabe septiembre
un poco a año nuevo
-apenas salí de las aulas-,
a vida nueva
-más recientemente-.
Cinco años la han estirado día a día:
ya alcanza los altos globos,
el elefante de la estantería,
algunas noches, la luna pequeña,
a diario, mi boca.
Conoce el escondite de las golosinas,
disimula mal
su incursión en el del chocolate
-casi a diario, su boca-
con la que me honra
-y me ensancha-.
Tiene el genio justo y un pez azul,
aprende del diálogo el diálogo,
valora las palabras precisas
aunque a veces sea obstinada,
y zanja y te enseña que,
después de todo,
"no pasa nada".
Sabe por qué es guapa
-porque mamá y papá lo son-,
que hay colores que no combinan
y que ser buena combina con todo,
que los demás también existen,
y los errores y el perdón.
Hola fue su primera palabra,
su primer garabato, un corazón,
le gustan los ponis y la amistad,
entona cualquier canción
y me muero cuando canta en inglés
-a diario, su boca-.
Todo tiene su lugar:
sus juguetes, sus rutinas,
su tono al hablar, sus libros
y los álbumes de fotos que hojea
-quiere volver a Nueva York-.
Dice ahora -por esperar a Violeta-,
que ya no me haré mayor,
que no seré como el abuelo
-con su reloj de amor mide el tiempo-.
No sabe que destino y sentido es ella,
quiero decir,
que si viajase al pasado,
cada paso que di daría de nuevo
hasta estrecharla en mis brazos,
no sabe mi pequeña unicornio
-hoy,
aún,
quizás,
seguro que sí-
lo que un día le contará este poema
y el cálido escalofrío del beso
que porta este punto final.
Y a diario, mi boca.
Había un patio florido
que destilaba fragancia
y un anciano con prestancia
nutría su colorido.
Pero el viejo ya se ha ido,
toda planta está perdida,
seca, ajada y deslucida,
ni el jazmín vivir ya quiere:
cuando una persona muere
no acaba solo una vida.
