jueves, 6 de mayo de 2010

Hada


Hoy le duele la cabeza. Todos dejaron su clase vacía, arriba del todo, al sonar el timbre. Yo termino mi clase al lado, recojo mis bártulos y cierro con llave. Fuera, a tres metros está ella. Sola. No ha bajado de tres en tres las escaleras para salir cuanto antes. Me ha esperado una vez más. Lo hace cada jueves, pero hoy le duele la cabeza. Lo sé porque me lo ha dicho. Y aun así ha aguardado en el rellano. Se me ha agarrado al brazo tal cual lo suele hacer, como si la verdad de todo lo que tuviera que decirme dependiera de ese sencillo contacto. Y todo su afecto también. Me ha dicho: "Me duele mucho la cabeza. Los niños no paran de gritar". Y sé que lleva razón, claro. Mientras bajamos las escaleras, me lamento de los chillidos de los niños que han hecho que a ella le duela la cabeza. Ella ahonda en su dolor cuando me dice que es como si le fuera a estallar la cabeza. Su gesto no miente. Ella nunca miente, para ser más exactos. Le recomiendo que vaya rápido a casa y tome algo para mitigar su molestia. Me comenta que lo hará, que le pasa de vez en cuando y su madre ahora lo tiene que apuntar en el calendario.

Ella olvida muchas cosas y recuerda otras como grabadas a fuego. El calendario se le escapa; su año de nacimiento quizá también. Pero me ha recordado a diario que dentro de dos semanas era el cumpleaños de su hermana y que lo iban a celebrar. Me ha informado de la comunión y del vestido que tiene que recoger su tía, que la quiere mucho. Se le escapan algunas cosas pero me preguntó por Italia al volver del viaje. Ella, tan sencilla, tan pequeña en un mundo como este.

Si me ve por el pasillo se sonríe y me saluda. Se viene hacia mí para decirme "¡Hola, Maestro!" (Maestro es mi nombre propio para ella). Y, desde el primer día que le levanté en vertical la mano dejándola parada en el aire, siempre me la choca al cruzarnos, lo cual hace para ella que el saludo sea completo, más saludo, digamos, más verdadero. Un código entre nosotros para darnos por saludados y que si nos encontramos cinco veces al día, cinco veces que se repite como si fuera la primera.

Cuando juega con Aurora no hay nadie más feliz que ella en el universo y se parte de risa con cualquier sonrisa, con la mínima broma mientras hacen manualidades en los recreos. Se pega también a Aurora porque sabe que la aprecia y así la puede corresponder. En ella más que en nadie el espacio que se recorta al otro simboliza la cercanía de las almas, sus cariños. Y me pregunto si lo físico y lo espiritual no lo hemos separado los demás artificialmente, tan necios, siendo todo una unidad.

Un día la encontré por la calle con su madre y su tía y se puso rabiosa de contenta. Tiraba del brazo de las dos para llamar su atención hasta que lo consiguió. Yo me acerqué a saludarla al oír que gritaba mi nombre (Maestro, sí) y rápidamente me presentó, nerviosa: "Éste es el Maestro. El Maestro es más bueno...". Entre los colores lucí sonrisa de "¡Uy, qué cosas me dice!" y se me escapó algún comentario tonto de esos que uno hace sin saber bien qué decir.

La hoja -arrancada de un bloc de cuadritos- que decora mi casillero me la dio ella. Fue por carnaval. Casi nadie entiende los trazos. Pero yo sé que es una máscara en verdes y rojos. Ella me explicó todos los detalles como si me contara un secreto. Señaló luego al papel, donde estaba escrito mi nombre, para certificarme que era pensado para mí exclusivamente. Había dedicado tiempo de su trabajo para mí. Yo, en estos casos, digo gracias, sonrío y callo como el mejor modo que encuentro para agradecer en los momentos en que mis palabras no valen para dar la talla.

Otro día de instituto emergió de algún lugar de los pasillos para traerme otro regalo. Era un barco de papel para mí. Doblez tras doblez, mientras pensaba en su prima Ángela y en mí (nuestros nombres iban inscritos en el mástil), había ido dando forma a un velero, coronado por una especie de Hello Kitty que hace las veces de vigía. Pienso que en muchas ocasiones es necesario que alguien con otra perspectiva nos anime al grito de "¡Tierra a la vista!". Estoy mirando ahora mismo su regalo. El papel que hace de material de construcción de su nave deja en un punto del casco escrito: "Si fueras un mandarín de la China, vivirías con lujo y no tendrías que trabajar. Y si vivieras de esa forma lo disfrutarías haciendo viajes o alimentando los faisanes de tu gran palacio. Ahora bien, tú no distraes con esas cosas. Por tanto, tú no eres un mandarín de la China". Entre otras palabras.

Pero no basta esto; cualquier mañana puede ella hacerte minúsculo como un grano de arroz, como aquella en que estaba yo en la fotocopiadora. Se acercó. Me agarró del brazo. Le gasté una broma y empezó a reír como si no fuera a parar. Son ya muchas las veces de escucharla momentitos sueltos, varios los instantes de hablar con ella, y van ya algunas esperas en el rellano. También guardo sus risas como cascabeles que me vinieran en papel de regalo. Pero aquella mañana al cogerme me dijo: "Maestro, eres mi mejor amigo".


Esta no es la historia de alguien que ansía los lujos para dejar de trabajar, ni siquiera la mía, aunque trate de alimentar faisanes de instituto o disfrute viajando. Aquí no hay mandarines de la China ni grandes palacios, aunque ella pudiera ser la princesa de cualquiera o quizá un hada, sí, un hada buena (en el Libro de las Hadas hay inscritas más discapacitadas psíquicas como ella) de las que da gusto encontrar una mañana. Es su historia desde mi pupila, la de ella, la misma que choca mi mano, la misma que me regaló su máscara roja y verde pintada, la misma que se alegra de verme, que me agarra fuerte, la que aquel recreo me hizo capitán de un barco que se llama como ella. Ella que con quince años me regaló la experiencia de sentirme pequeño como un copo de avena.

-Maestro, eres mi mejor amigo -me dijo apretando mi brazo mucho.
-¿De verdad? ¡Muchas gracias! -le respondí abrumado y bendecido a la vez. Luego sonreí y callé, así, tan pequeño de estar tan lleno.

6 comentarios:

Vero dijo...

Verdaderamente tierno y precioso, éste es uno de tantos momentos en los que una se siente agradecida y afortunada de dedicarse a esta profesión. ME ENCANTA!

Aire dijo...

ay, qué pechá de llorar! jajajaj! me recordaste a Alberto y a todos mis chicos del aula de educación especial del año pasado!

Alicia dijo...

Que afortunados nos sentimos con estas momentos y estas personas. Yo ahora se por fin lo que se siente. Por esto vale la pena levantarse cada mañana e ir al cole

MâKtü[b] dijo...

oh
ohhh
ohhhhhh

hermosa historia....

gracias por compartirla!

Sabagg dijo...

Hay cosas que uno no se puede guardar, ni tendría sentido hacerlo. :)

Elchiado dijo...

Ufff, es curioso quien nos tiene que enseñar, tantas veces, cómo habría que vivir una vida.
Es curioso, que mucha "gente normal" considere a ciertas personas incompletas, sólo porque no se parecen a ellas.
Podría seguir, pero prefiero quedarme con tus letras y con tu barco: guárdalo bien, porque no todo el mundo tiene la suerte de poder navegar en uno parecido al tuyo.
Abrazo.

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